Spanyol paradoxon – magyar szemüveggel

— Haladni kell a korral, kár folyton a múltat emlegetni – vágja el beszélgetésünk szálát az antikvárius, mikor csak úgy mellesleg megjegyzem, hogy ahol most a kereszteződés van, régen ott nem is ment út, végig ilyen régi házak álltak, mint amilyenekből mutatóban meghagytak néhányat a csupa üveg, szürkésbarna irodaházak tövében, persze, kérdés, hogy meddig maradnak.

Az antikvárius témát vált, ragyogó arccal meséli, hogy a minap sikerült megszereznie a nagy romantikus, Gustavo Adolfo Bécquer kötetének első kiadását (aki éppen Berzsenyi halála évében született), közben megcsörren a fekete tárcsás készülék az antik hatású, tömör tölgyfából készült íróasztalán, és az utcáról is csengetnek. Mikor hátranyúlva az ajtónyitó gombot nyomja a vevőnek, sokadszorra fordul meg a fejemben: irigylésre méltó a spanyolokban ez az emberi következetlenség.

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Adiós a una madre

Para Helena, Jesús y Bego

 

Son las dos de la noche. El reloj del aeropuerto marca incansable el paso de los minutos con sus agujas. Cada poco pienso: esta noche, ésta es la última de tu vida. Según se vayan consumiendo los minutos de esta noche, te consumirás tú y todo lo que ha sido tu vida. Y yo espero que acabe esta noche para coger el avión por la mañana, pensando en ti, madre.
Te veo rodeada de tus hijos y otros familiares. Respiras normal, a veces vomitas sangre, pero ya te han aliviado el dolor, sólo te sacude esa pasión. En la duermevela, a ratos sueñas; te sientes la niña aquella que fuiste una vez, la que con sus lazos blancos en los cabellos tan orgullosa iba a misa un domingo por la mañana. Luego te duele menos lo que fue vivir, lo que te queda de vivir.

Si pudieras desear algo aún, desearías que al final te dejen sola, en tu soledad agonizante, pero basta con fijar la mirada en el techo y lo de aquí te parece tan lejano, tan ajeno, como si ya no formases parte de ello. Andas tú sola por aquel sendero que te lleva, cuesta arriba, hasta allí donde a partir de mañana habitarás. Nada te suena por el camino, pero vas segura de que allí te esperan.

Cambia el paisaje, de repente otra vez aquí, entre esas sábanas, salpicadas de sangre. Todo te alcanza en oleadas, como el dolor que en realidad ya no es ese dolor que sentías cuando te dolía el oído o una muela, el vientre acuchillado, apuñalado, sino otro, que más que dolor, es pasión. El dolor se alivia, la pasión difícilmente, porque es esa ancestral sensación heredada, coetánea del primer hombre, que luego los cristianos nombraron la pasión de Cristo, que sufrió la crucifixión por nosotros los humanos.

De repente aparece aquella calle por la que salías del pueblo e ibas casi hasta las faldas de la montaña, la que te recuerda esa tarde de primavera cuando todo te parecía tan inmenso en ese campo en el que cabía toda una vida, como ahora, en este mismo instante, te cabe tu vida entera y lo poco que te queda de ella. Porque mañana, mañana en este mismo instante, tú ya no serás tú, la que fuiste para los tuyos, sino pasarás allí, a esa región indescriptible donde están los demás que se habían ido antes que tú y la que los tuyos que quedan aquí guardarán en un lugar circunscribible en su interior y a la vez mucho más arriba de su cabeza, en el espacio atemporal, bien cerrado, como en una vieja caja o antiguo baúl de viaje.

Para cuando la aguja grande de este reloj haya llegado al seis y la pequeña entre el ocho y el nueve, justo a la hora de despegar mi avión, tu alma también habrá dejado tu cuerpo para pasar inmediatamente al pasillo aéreo por el que las almas van directas a ese lugar donde habitan todos los que éranse una vez antes de ti.

Márta Patak