Que te sea leve, Jaume

„¡No!, ¡No!,¡No!, ¡No!, ¡No!” – dijo agitando la mano. Su rostro enrojeció y empezó a moverse junto a su silla, como si quisiese bailar al tacto de sus palabras alborotadas. Eso fue en Albarracín, en Mayo, del año no estoy del todo segura, si no me falla memoria en 2006, en un encuentro de editores, al que pude participar gracias a Antón Castro, como editora flamante, con el único título publicado en mi colección, nada menos que, valga la redundancia, „Nada” de Carmen Laforet.
Allí le vi a Jaume Vallcorba por primera vez, allí escuché impresionado por sus palabras fulminantes y aprendí algo importante de él que me acompañará toda la vida. Algo que quizá sospechaba, pero enunciado allí lo escuché por primera vez, de la boca de él, Jaume Vallcorba, que los libros hablan entre ellos en los estantes, hay una comunicación entre ellos.
Recuerdo su voz, mientras contaba cómo ha empezado todo, cómo volaba por toda España a controlar si sus libros están puestos adecuadamente y entonces comprendí que por mucho que quisiera, yo nunca voy a poder ser como él, porque yo, más traductora y escritora entonces, más escritora y traductora que editora, no me voy a poder dedicar del todo a la edición. Porque la edición no acaba en la publicación, al contrario, allí empieza.
Jaume Vallcorba fue para mí (cosa más extraña hablar en pasado de alguien como él) el editor ejemplar, cada vez que hablé sobre el tema, siempre le citaba a él, porque él fue único en su genero, uno de los pocos que no se rindieron ante la bestia masificadora de la edición de libros.
El rojo tiene que ser exactamente ese rojo. El rojo de El Acantilado, así le recuerdo, mientras pronuncia esto con vehemencia y veo ante mí la cara de Jaume, con una sonrisa socarrona, ¡Exactamente ese rojo!
Que te sea leve, Jaume.

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